La ciudadanía que ahorra para la jubilación cuida más su salud y acepta mejor el final de vida

  • Boletín: Nº 72. JUNIO 2021

    Temática: Solidaridad José Luis Martínez Donoso durante la presentación del estudio

    Solo uno de cada cuatro españoles ahorra para su jubilación, pese a que hacerlo conlleva también mayores cuidados de la salud y una mejor aceptación del final de vida. Así lo pone de manifiesto un estudio presentado el pasado 7 de mayo, en Madrid, y promovido por Fundación ONCE, Ilunion Correduría de Seguros, Laboral Kutxa, Fundación Aequitas y Fundación Edad&Vida.

    El informe se presentó en la sede de Fundación ONCE de forma online, en un acto que contó con la participación de Almudena Castro-Girona, notaria y directora de la Fundación Aequitas; José Luis Martínez Donoso, director general de Fundación ONCE; Juan Cruz, adjunto a la Dirección del diario El País; Juan Díez Nicolás, catedrático emérito de Sociología de la Universidad Camilo José Cela, e Ismael Vallés y Manuel Alfaro, autores del estudio.

    Todos ellos coincidieron en señalar la importancia de prestar más atención, por adelantado, a la última etapa vital, ya que lo esperable es que aumente considerablemente la esperanza de vida y también las personas dependientes. “Nuestra sociedad debe realizar con urgencia un cambio holístico y transversal” para mejorar esta situación, regida demasiado por “lo inmediato”, apuntaron los autores.

    El trabajo, en el que han participado una veintena de expertos de los ámbitos económico y socio-sanitario junto a más de 1.300 ciudadanos de distintas edades, concluye que quienes ahorran para la jubilación cuidan más su salud y aceptan mejor el final de vida, por lo que aboga por aprender a transformar “más vida en mejor vida”.

    Por este motivo, alerta de la necesidad de promover una mayor cultura de la planificación en los ciudadanos para que integren sus decisiones de futuro a lo largo de toda la vida, pensando menos en lo que han vivido y más en el potencial de lo que les queda por vivir, aceptando la incertidumbre y los condicionantes de la última etapa de la vida y también su finitud. Esta mayor previsión ha de ir alineada con un cambio de actitudes y comportamientos en temas como el ahorro finalista para la jubilación, la educación y la prevención de la salud y la aceptación de la muerte.

    Todo esto porque el estudio indica que tan solo el 33% de los ciudadanos cuidan de su salud desde hace tiempo y que únicamente el 50% están mentalizados sobre el final de la vida.

    Para llevar a cabo el informe, realizado entre 2019 y 2020, los autores han analizado fuentes secundarias de datos (tendencias demográficas a nivel mundial, europeo y de España para establecer algunas comparativas internacionales y así dimensionar los datos y mostrar diferencias y sintonías); han hecho 14 entrevistas en profundidad a ciudadanos de varios segmentos de edad; un estudio Delphi a 24 expertos en demografía, psicología, sociología, medicina, notaría, abogacía y economía, y una encuesta en dos oleadas a más de 1.300 ciudadanos para conocer su punto de partida en cuanto a la planificación de la última etapa de vida.

    Foto de familia de los participantes en la presentación del estudio

    Sabemos que es bueno ahorrar, pero no lo hacemos

    Titulado ‘La Planificación de la Última Etapa de la Vida: Claves para afrontar el envejecimiento y el aumento de la esperanza de vida’, el trabajo indica que el 77% de los ciudadanos consideran bastante o muy importante ahorrar para la jubilación, pero que tan solo un 25% lo hacen de forma sistemática para este fin y que el 59% confiesa no ahorrar nada.

    Si comparamos los resultados de las dos oleadas de entrevistas, antes y durante la pandemia de la Covid-19, observamos que los ciudadanos están más concienciados ahora sobre la necesidad de ahorrar y además que ha aumentado en nueve puntos el porcentaje de personas que han empezado a ahorrar de forma esporádica.

    En cuanto al sistema público de pensiones, los entrevistados preferirían en primer lugar que fuera de capitalización y no de reparto como el actual, en el que la pensión debería provenir de lo que cada ciudadano cotice a lo largo de los años. Entre los principales métodos de ahorro para la jubilación, destacan los planes de pensiones (43%), principal producto comercializado por los bancos para esta finalidad.

    Cuidados de la salud

    Muy ligado al aspecto económico, el estudio sitúa el del cuidado prolongado de la salud. En este sentido, apunta que solo uno de cada tres ciudadanos cuida de su salud desde hace tiempo y alerta de que, aunque nuestro sistema sanitario “funciona”, precisa de mejoras para afrontar el reto demográfico al que nos enfrentamos.

    En opinión de los encuestados, entre las medidas y cambios que se deberían abordar para mejorar la atención a las personas mayores y con discapacidad, figura la de dotar de más recursos al sistema para atender los costes derivados de la dependencia (86%).

    Los profesionales, por su parte, se fijan en la necesidad de aumentar el número de especialistas en geriatría y gerontología, acondicionar los recursos para mejorar la asistencia de los pacientes crónicos, promover la educación para la salud y la prevención de enfermedades crónicas e integrar más la atención social y la sanitaria.

    Aceptación del final de vida

    Un tercer aspecto analizado en este trabajo es el de la aceptación del final de la vida, algo para lo que, como declaran los expertos, “como sociedad no estamos preparados”. En esta línea, aluden a la importancia de la preparación para el final de la vida, ya que facilita la gestión del dolor.

    En este sentido, los ciudadanos confiesan que, en el ámbito de la aceptación de la muerte, el principal miedo que tienen es convertirse en una carga para la familia (74%), seguido de tener una enfermedad (70%) y de no disponer de recursos económicos suficientes (66%). Señalan asimismo el sufrimiento físico (64%) y el sentimiento de soledad (54%).

    Entre las medidas que mencionan para mejorar el bienestar ante el final de la vida hablan de la prevención del maltrato, la reformulación del sistema de salud priorizando la prevención, la inclusión social, las curas paliativas y el apoyo emocional. Otorgan importancia también a la promoción de una vida activa tras la jubilación, a través de programas que faciliten la autonomía, el crecimiento y el desarrollo de las personas en su última etapa de vida y el derecho a ejercer con libertad el final de vida. Por último, mencionan la necesidad de preparar a la sociedad en el significado del envejecimiento.

    También cabe destacar el desconocimiento generalizado de los instrumentos de protección legal de la persona y de su patrimonio (testamento, documento de voluntades anticipadas y poderes preventivos). Este desconocimiento se traduce en un bajo nivel de otorgamiento de dichos instrumentos, ya que, según la encuesta realizada a los ciudadanos, el 60% no ha otorgado ninguno de los tres instrumentos.

    Ismael Vallés durante la presentación del estudio

    Recomendaciones

    Con toda esta información sobre la mesa, alertaron de la necesidad de actuar en dos planos para mejorar la calidad y el bienestar en la última etapa de la vida: promover la cultura de la planificación y fomentar una mayor corresponsabilidad entre ciudadanía, sector público y privado.

    En cuanto a la cultura de la planificación, los autores del texto plantean un reto: “transformar más vida en mejor vida”. Según explican, esto supone promover en los ciudadanos una mayor cultura de la planificación, para que integren a lo largo de toda la vida sus decisiones de futuro, pensando menos en lo que han vivido y más en el potencial de lo que les queda por vivir, aceptando la incertidumbre y los condicionantes de la última etapa de la vida y también su finitud.

    Y esta mayor previsión, añaden, ha de ir alineada con un cambio de actitudes y comportamientos en los ciudadanos en temas como el ahorro finalista para la jubilación, la educación y la prevención de la salud y la aceptación de la muerte.

    “La calidad de vida que podemos tener en esta última etapa dependerá en gran medida de las decisiones en el ámbito económico, de la salud y la preparación para el final de vida que hayamos tomado en las etapas precedentes”, subrayan los autores. “Como sociedad, por tanto -recalcan-, tenemos una asignatura pendiente: tras haber conseguido ‘más vida’, tenemos el reto de transformar esta ‘más vida’ en ‘mejor vida’".

    Con respecto al fomento de la corresponsabilidad entre ciudadanía, sector público y privado, el estudio sostiene que hay que actuar ya “para que los derechos futuros de los ciudadanos estén garantizados: pensiones, sanidad pública y dependencia”.

    Y esto implica, según el trabajo, potenciar una mayor cultura financiera desde los poderes públicos y las empresas para que el ahorro para la jubilación se inicie con la incorporación al mercado laboral, promover más educación para la salud en edades tempranas y avanzar hacia una mayor cultura social sobre la muerte para que se acepte como parte de la vida y deje de ser un tabú como sigue siendo ahora.